Hay hechos y hay interpretaciones. El hecho es este: el Índice de Precios al Consumidor pasó de una variación mensual del 25,5% en diciembre de 2023 a 3,2% en enero de 2026. Son 22,3 puntos porcentuales de desinflación en trece meses, un proceso que por su velocidad y magnitud tiene pocos precedentes comparables en la historia económica mundial.
Sobre este hecho, sin embargo, coexisten al menos tres narrativas radicalmente diferentes. Y lo interesante es que cada una tiene evidencia a su favor. Revisarlas con rigor es más útil que elegir un bando.
La mirada optimista: el ancla fiscal como revolución
La primera narrativa, sostenida por el gobierno y por una parte significativa del establishment financiero, argumenta que la desinflación es consecuencia directa y sostenible del ajuste fiscal más agresivo de la historia argentina. El superávit primario acumulado del 0,8% del PBI en los últimos doce meses cortó la necesidad de financiamiento monetario, secó la fuente primaria de emisión y permitió que el BCRA deje de ser una máquina de imprimir inflación.
Los datos respaldan parcialmente esta lectura. La base monetaria creció apenas 18% interanual en enero de 2026, muy por debajo de la inflación acumulada del 48%. En términos reales, la base se contrajo un 20%. Los pasivos remunerados del BCRA — las ex Leliqs, hoy LEFIs — pasaron de representar el 12% del PBI a menos del 4%. La dominancia fiscal sobre la política monetaria, que fue el rasgo definatorio de la macroeconomía argentina durante la última década, efectivamente se revirtió.
Un paper reciente del staff del FMI que analiza la estabilización argentina estima que el ancla fiscal explica directamente el 55% de la caída en la tasa de inflación. Es una contribución dominante, pero no total.
La mirada crítica: recesión y salarios como ancla real
La segunda narrativa, articulada desde la heterodoxia y los sindicatos, sostiene que la desinflación no es producto de un cambio estructural sino de una recesión inducida que destruyó demanda agregada. La caída del PBI del 3,1% en 2024 y la recuperación parcial del 2,4% estimada para 2025 — que aún no compensa lo perdido — habrían operado como el verdadero mecanismo de freno a los precios.
También aquí los datos ofrecen sustento. El consumo privado se contrajo 5,8% en 2024 y apenas recuperó 1,9% en 2025. Los salarios reales del sector privado formal acumulan una caída del 8,2% desde noviembre de 2023, aunque registran una recuperación parcial del 4,1% desde el piso tocado en junio de 2025. Las jubilaciones mínimas, incluso con la nueva fórmula de movilidad, se ubican un 6% por debajo de su nivel real previo a la devaluación.
El argumento central de esta posición es que si los precios bajan porque la gente no puede comprar, no se trata de estabilización sino de empobrecimiento. Y la prueba ácida llegará cuando la demanda se recupere plenamente: si la inflación vuelve a acelerarse, quedará demostrado que el problema estructural no se resolvió.
La mirada técnica: ancla cambiaria y precios relativos
La tercera lectura, predominante en los centros de investigación y en los departamentos de research de bancos internacionales, introduce un matiz que las dos anteriores subestiman: el rol del tipo de cambio como ancla complementaria.
El crawling peg al 2% mensual, mantenido desde febrero de 2024, operó como un coordinador de expectativas que aceleró la desinflación más allá de lo que el ajuste fiscal solo habría logrado. Al fijar una pauta de depreciación predecible, el BCRA ofreció un punto focal para la formación de precios en sectores transables — que representan el 45% del IPC — reduciendo la inercia inflacionaria.
El problema, señalan estos analistas, es que el tipo de cambio real multilateral se apreció un 32% desde diciembre de 2023. Esta apreciación erosiona competitividad exportadora, reduce el colchón cambiario ante shocks externos y genera un problema de sustentabilidad de mediano plazo. Si en algún momento el crawling peg se acelera o se abandona, parte de la desinflación lograda podría revertirse.
Los modelos de la consultora Eco Go estiman que, de la desinflación total de 22,3 puntos, el ancla cambiaria explica entre 7 y 9 puntos. No es un dato menor.
Lo que dice la evidencia comparada
La literatura académica sobre estabilizaciones ofrece lecciones relevantes. El estudio canónico de Végh (1992) sobre programas de estabilización en América Latina distingue entre programas basados en ancla monetaria — más recesivos al inicio pero más duraderos — y programas basados en ancla cambiaria — que generan un boom inicial pero tienden a colapsar cuando la apreciación se vuelve insostenible.
El programa argentino actual es un híbrido. Tiene un componente fiscal dominante que lo asemeja a las estabilizaciones exitosas de Israel (1985) y de Chile (1975-78), pero también un componente de ancla cambiaria que introduce riesgos similares a los de la convertibilidad o el plan Real brasileño en su fase tardía.
La evidencia sugiere que los programas con base fiscal sólida tienen mayor probabilidad de éxito duradero, siempre que se complementen con reformas estructurales que modifiquen los incentivos de largo plazo. Sin reforma tributaria, sin reforma laboral profunda, sin apertura comercial progresiva, el ajuste fiscal corre el riesgo de ser un esfuerzo heroico sin cambio de régimen.
Qué observar en los próximos meses
Para evaluar cuál de las tres narrativas se acerca más a la realidad, hay indicadores concretos que vale la pena monitorear en el primer semestre de 2026:
La inflación núcleo — que excluye regulados y estacionales — debería converger al rango de 2% a 2,5% mensual para validar la tesis de cambio estructural. Si se estanca en la zona de 3%, el componente inercial sigue activo.
La evolución del salario real formal será el termómetro de si la recuperación es inclusiva o concentrada. Un crecimiento sostenido por encima de la inflación durante tres meses consecutivos sería una señal potente.
La brecha cambiaria, hoy en el 12%, es el indicador de estrés del régimen. Un ensanchamiento por encima del 20% señalaría dudas crecientes sobre la sostenibilidad del crawling peg.
La verdad, como suele ocurrir en economía, probablemente contenga elementos de las tres miradas. La desinflación es real y tiene un componente fiscal genuino. Pero también tiene un componente recesivo que no puede ignorarse y un componente cambiario que introduce fragilidad. Reconocer la complejidad no es tibieza analítica; es honestidad intelectual.